Insurgencia feminista

Arturo Soto Munguia /    2020-02-18
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En menos de una semana la conciencia nacional fue sacudida violentamente con la brutal ferocidad del asesinato de dos mujeres: una desollada y la otra, una pequeña de tan solo siete años de edad, que fue además fue violada y sus órganos extraídos.

 

Ingrid y Fátima, se llamaban. Pero se pueden llamar Raquel, Ámbar, Itzel Nohemí. Pueden tener el nombre de nuestras hermanas, primas, amigas, colegas que un día están aquí llenando con sus vidas luminosas nuestra existencia, y al siguiente no están, se apagaron, las apagaron. Están muertas.

 

No importa dónde ni cuándo. Por todo el país y en todo momento acecha la muerte, pero las mujeres y las niñas aparecen más vulnerables y urge que desde los tres niveles de gobierno se diseñen y pongan en práctica políticas públicas con perspectiva de género; que desde la sociedad civil se difundan y fomenten mecanismos de autoprotección y alertas, que se reconozca un problema que nos está rebasando.

 

Ideologizar el tema no parece lo más adecuado. Politizarlo menos y repartir culpas a gobiernos anteriores o al modelo neoliberal en lugar de calmar los ánimos está incendiando la pradera.

 

Las mujeres están en las calles y amenazan con quemarlo todo. Algunos no entienden sus razones, hasta que el filo de la muerte de una mujer cercana los toca y su sangre no se puede lavar con llanto.

 

No hay decálogo que valga, no hay excusas ni pretextos. Urge pasar de las palabras a los hechos, para entender el problema en su complejidad y comenzar a sentar las bases de una sociedad que vea el feminicidio como excepción y no como parte de la cotidianidad. Estamos a tiempo.

 

Como fenómeno social el feminicidio se está saliendo de control, pero como fenómeno político, la insurgencia feminista que ha desatado está acorralando a los gobiernos, exigiendo respuestas en las calles y en las redes, multiplicando las acciones y las voces, enfrentando al poder en cualquiera de sus instancias.

 

Es público y notorio que el movimiento feminista, disruptivo por naturaleza haya cargado sus simpatías hacia la oferta de cambio que terminó arrasando en las urnas el pasado 2018; es claro que millones de mujeres confiaron en que las cosas cambiarían para ellas, y es claro que eso no ha sucedido. Peor aún, se han agravado.

 

Los yerros presidenciales en sus respuestas, la ausencia de empatía hacia las mujeres que reclaman justicia; esa actitud rayana en el cinismo que pide no distraer la agenda pública, ocupada al 100 por ciento en la rifa del avión presidencial; la solicitud ‘respetuosa’ a las mujeres para que no rayen las puertas y las paredes retrata de cuerpo entero a un gobierno ensimismado en sus prioridades, que en la coyuntura, distan mucho de ser las de una sociedad encabronada.

 

Por otro lado, la contención que desde el gobierno federal se está haciendo sólo alimenta la hoguera de la inconformidad. Culpar a la derecha, al neoliberalismo o a la disfuncionalidad familiar, revictimizar a las víctimas como lo están haciendo los principales personeros del partido oficial no está teniendo el eco deseado por ellos. Antes bien, está alimentando el desencanto.

 

Irremediablemente vienen a la memoria los hechos y las secuelas del ‘culiacanazo’. Un gobierno sin capacidad de respuesta más allá del sobado argumento en el sentido de que los gobiernos conservadores pactaron con el narco y provocaron su expansión y su poder a niveles insospechados.

 

Un argumento razonablemente certero, pero al que le falta la otra parte: ¿qué está haciendo el actual gobierno para revertir eso?

 

La indiscutiblemente sólida legitimidad con la que López Obrador llegó a la presidencia ha tenido dos momentos críticos en sus primeros 14 meses. Uno de ellos fue precisamente el ‘culiacanazo’, en el que muchos piensan que el narco puso de rodillas al gobierno, y por allí se asomó la eventualidad de nuevos pactos con el crimen organizado para llevar la fiesta en paz.

 

El otro momento crítico para la credibilidad de la ‘cuarta transformación’ es el de estos días, cuando las cortinas de humo resultan una rueda de molino cada vez más difícil de tragar, salvo por aquellos que desde la incondicionalidad acrítica deben desnucarse sin miramientos en maromas de alto grado de dificultad.

 

Porque esta vez el gobierno no se está metiendo con sus adversarios políticos, o no solamente con ellos, sino con una sociedad civil legítimamente indignada. Más aún: se está metiendo con las mujeres y eso no sólo es políticamente incorrecto, sino temerariamente arriesgado.

 

El azoro de ver, en octubre pasado a la capital de Sinaloa ‘tomada’ -en la acepción militar del término- por un cártel del narcotráfico recorrió el mundo entero descorrió un poco el velo de las complicidades.

 

Pero el desafortunado y errático abordaje que desde el gobierno se está haciendo de la rabia que inunda las calles por la brutalidad asesina contra las mujeres está desnudando la incompetencia y la indolencia frente a un fenómeno que, desgraciadamente seguirá sucediendo.

 

Y ya viene el 8 de Marzo, fecha en que las mujeres de todo el mundo volverán a tomar las calles con sus consignas y protestas. Si los cánticos de “El violador eres tú” que nacieron en Chile y se viralizaron en el planeta fueron impresionantes, la cadena feminista programada para el Día Internacional de la Mujer -domingo, para más señas-, tiene en México un pastizal seco al que sólo le falta una chispa.

 

Humo debe estar saliendo del ‘war room’ presidencial frente a lo que se avecina.

 

Es claro que la ‘derecha prianista’ se está frotando las manos frente a lo que viene y preparándose para capitalizar la ira popular. Pero es claro también que desde sus plataformas no ha salido nada que aporte al movimiento, salvo su larga cola que es fácil de pisar cuando se mira atrás.

 

Vienen días de fuego.

 

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