Estética Mexicana del robo

Miguel Ángel Avilés Castro /    2026-06-20
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Hay días en que la realidad mexicana no necesita caricaturistas. Se dibuja sola.


Resulta que esta semana entré a una farmacia y me tocó presenciar una escena que, en cualquier manual de criminología seria, debería estudiarse como “interacción avanzada entre delito, resignación operativa y logística de la impunidad”.

Un empleado saca a un sujeto del establecimiento con la serenidad de quien ya conoce el guion.

—“¿Por qué me sacas?” —pregunta el sujeto, con una mezcla de reclamo y nostalgia.

—“Porque nomás vienes a robar”, responde el empleado, como quien informa el clima.

El presunto ladrón no discute,no se altera, no acelera el paso. Se retira con la tranquilidad de quien sabe que no está siendo expulsado de un delito, sino de un trámite y que mas adelante no faltará donde continuar ejerciendo lo que ha sido su vocación desde chiquito: pegarle a Roberto, es decir, robar.

A unos metros, la cajera ve la escena y luego de preguntarle de el porque no se le detiene y mas bien se le deja ir , asi nomas como si se espantara a una gallina que se subió a la mesa resume la filosofía institucional del país:

—“Sí , aqui viene y roba… pero ya no llamamos a la policía porque tardan  mucho en venir”.

Y ahí está el  avance real de la modernidad mexicana: la sustitución del Estado por la logística del “mejor ahí déjalo”.

En otra ocasión —porque este país no se repite, se recicla— un taller de celulares fue robado.

A los pocos dias, una doña del barrio llegó a comprar una funda para su nuevo celular. Al tenerlo en sus manos y debido a un número que tienen al reverso o en su interior, la dueña del negocio lo reconoce como uno de los robados  y, con ese instinto que no siempre tiene el sistema de justicia, le reclama.

Pero aquella señora, sin perder la compostura, ofrece su teoría de defensa:

—“A mi  lo vendió la mamá del ‘Chango’”.

El Chango, para efectos prácticos, es una institución local: delincuente, mito urbano y explicación universal de todo lo que desaparece en la colonia.

Como si estuvieramos en La Tremenda corte y aquel tremendo juez que resolveria tremendo caso, con un acomedido que nunca  falta se acude a la casa de la mamá de El Chango  y se le pide que venga de inmediato:

—Oiga : “Ese teléfono usted se lo vendio a la señora pero  es uno de los que me robaron  y todo indica que el que se metió a robar  fue su hijo”.

Silencio breve. Suspenso jurídico.

—“¿A qué hora fue el robo?” —pregunta ella.

_ Pudo ser como a las diez de la mañana, en el rato que salí a comprar tortillas

Y entonces llega el alegato más sólido del derecho penal contemporáneo:

—“Ah, entonces no puede ser. Mi hijo no fue. Eso es imposible porque mi hijo, ahora anda asaltando traileros en la madrugada, allá a la salida de la ciudad . Llega amaneciendo a la casa, se duerme y se levanta cimo hasta las dos de la tarde”.

Expediente cerrado. Coartada irrefutable. El tiempo como prueba de inocencia.

Uno quisiera pensar que esto es humor. Pero no. Es logística social.

Porque en el fondo, la discusión no es si hay delitos. La discusión es por qué el sistema parece diseñado para que el delito tenga horarios flexibles, clientes frecuentes y salida garantizada.

Y no me vengan con esa muy cuestionada teoria de la víctima participativa : que porque pasó por ahi, que porqué se viste de tal manera,que porque dejó las llaves  pegadas en el carro .

Resulta que,de pronto, hay mas reproche social hacia la victima que al victimario. 

Bonita cosa . Lejos de eso, lo cierto es que el Estado tiene la obligación constitucional de garantizar la seguridad del ciudadano 

 Y es aquí es donde la teoría económica del crimen —esa que suena muy académica hasta que la ves en la calle— deja de ser un artículo de revista y se vuelve explicación cotidiana.



El delito no se combate aumentando penas como quien sube el volumen de una radio que nadie escucha.

Por mas que insistan o que lo nieguen, eso está mas probado que una probable  responsabilidad de un acusado por los Estados Unidos.



El crimen se combate cuando se altera la ecuación básica:

Ganancia del delito
vs. Probabilidad real de ser detenido
vs. 
Certeza de que habrá consecuencia 

Hoy, la ecuación está torcida.

El margen de ganancia sigue intacto. El riesgo es bajo. Y la consecuencia es opcional.

En ese contexto, el “primer respondiente” es una figura casi poética.

Ese policía que sí quiere llegar, sí quiere actuar, pero a veces llega tarde, o sin la pericia adecuada, sin equipo suficiente, sin chaleco, con armas que parecen más reliquia que herramienta y lamentablemente las consecuencias son irreversibles. 

Es como si el Estado le dijera:

 “defiende el orden público, pero sin exagerar en el presupuesto”.

Y entonces la escena se completa: el delito ocurre rápido, la respuesta llega tarde y la sanción… bueno, la sanción está en lista de espera, igual que la patrulla.

El resultado no es caos. Es algo peor: rutina.

Porque el problema no es que el delito exista.El problema es que empieza a volverse administrable.

Y cuando la impunidad se vuelve administrable, deja de ser excepción y se convierte en sistema operativo, un tic nervioso en esa cara que el gobierno en turno pone cuando se le pide resultados, nada imposible, unicamente esos que, durante su campaña electoral y subido en un templete, como el gran iluminado, juró que conseguiria.

Ya me hicieron enojar y me disculpo. Ya no vuelvo a caer en provocaciones.

Pero lo verdaderamente fascinante es la parte cotidiana, la que ya nadie cuestiona porque forma parte del paisaje.

Ese joven de la farmacia, por ejemplo, no fue sacado del lugar como se expulsa a un intruso peligroso o a alguien que rompe el orden. 

No. Ni con miedo lo sacaron.

Fue más bien una escena doméstica. Como cuando uno acompaña a la puerta a una visita que ya entendió que la reunión terminó. O como cuando alguien espanta un gato que se metió a la cocina: sin enojo, sin drama, casi con rutina.

“Ándele joven, por ahí es la salida”, podría decir el guion invisible.

Y el joven obedece, no porque exista autoridad, sino porque existe costumbre.

Lo más inquietante no es la tolerancia.Es la familiaridad.
Como si el delito, en ciertos espacios, ya no generara alarma sino bitacora o calendario.

Y lo más irónico de todo es que uno casi puede imaginar la escena inversa: si ese joven dejara de aparecer durante una semana, alguien en la farmacia quizá lo notaría.

—“Oiga… ya tiene días que no viene el muchacho ese a robar …”

—“Sí… está raro… ¿estará bien?”
Pobrecito. Si lo veo en el centro, le dire que venga y se lleve lo que quiera.

Porque en este extraño equilibrio social, incluso lo indeseable termina generando rutina. Y la rutina, cuando se instala, deja de distinguir entre lo normal y lo anómalo, entre lo justo y lo injusto, entre el bien y un mal que lo mejor es el bien.

Ahí es donde el sistema deja de fallar de manera espectacular… y empieza a fallar de manera silenciosa.

Y es en ese punto donde la ciudad adquiere su estética más mexicana: la del acuerdo tácito.

No hay pacto escrito, no hay decreto, no hay ceremonia.

Pero todos parecen saber el reglamento no redactado: el delito puede ocurrir, siempre que no interrumpa demasiado la vida cotidiana.

_ Oiga : no tiene por ahi algo que le robe?

_ Que pena, joven pero ahorita no tengo nada ...pero dese una vuelta el sábado, quienquite.

Se roba, pero sin escándalo.

Se denuncia, pero sin insistencia.
Se atiende, pero si alcanza el tiempo.

Y el tiempo, en este país, es quizá el recurso más democrático de todos: escaso para la justicia, abundante para la espera.

El Estado Mexica - desde años luz sexenales- aparece como figura intermitente, casi atmosférica. A veces está, a veces no, y cuando está, suele llegar después del desenlace, como esos personajes de novela que entran en la última página para explicar lo que ya todos entendieron.

Y sin embargo, nadie deja de actuar.

El comerciante abre.
El cliente entra.
El policía intenta.
El ladrón regresa.
La ciudad continúa.

Y todo sigue funcionando con una eficiencia peculiar: la de lo que no resuelve nada, pero tampoco se detiene.

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