Mi gusto es… (o la otra mirada) 

Ruta guiada para no rendirse

Miguel Ángel Avilés Castro /    2026-02-07
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Llegar a los cuarenta años en el mundo del turismo y, además, dedicar el esfuerzo diario a que otros viajen, no es cualquier cosa.

Porque no hablamos de una dieta, ni de un matrimonio, ni siquiera de una promesa de año nuevo de esas que rara vez cumplimos.

Tampoco hablamos de aquel tango de Alfredo Le Pera en la voz de Gardel, cuando juraba que veinte años no es nada.

Eso lo dijo con febril mirada, sí, pero nunca desde una cárcel, porque ahí —como diría mi amiga Martha— otra cosa hubiera cantado.

La agencia de viajes de la que quiero platicarles ha sobrevivido a devaluaciones, crisis económicas, sexenios creativos (y morosos), aerolíneas que aparecen y desaparecen como trucos de magia mal hechos, y clientes que quieren ir a Dubái con presupuesto de camión urbano.

Despegue.
Y ahí continúa. Se llama Turismo Palo Verde, y cumple cuatro décadas. No es “la señora” a la que se refiere Arjona —lo cual ya es, por sí mismo, una hazaña—, porque no ha sido cosa fácil.

Nel, carnal. Nel.
Detrás de esa persistencia está Martha Arteaga,una mujer que entendió muy pronto que el turismo no es solo vender boletos, sino administrar un presente y un futuro que se conjugan, todos los días, entre expectativas ajenas y contingencias urgentes.

Martha aprendió a sonreír mientras resolvía. A respirar hondo. A seguir.

Incluso en momentos profundamente íntimos, como aquel en el que se despidió de su padre, Virginio Secundino Arteaga y Díaz, pelotero y mánager cubano, nacido en Regla, La Habana, en 1917, y fallecido en Hermosillo en 1980.De él heredó, sin discursos, una disciplina firme y una serenidad que no se quiebra fácil.

Ascenso

Martha comenzó cuando todo era análogo: boletos casi escritos a mano y la confianza como verdadero pase de abordar. Desde entonces ha visto cambiar al mundo, al país y a la industria, sin perder el piso, el carácter ni la elegancia.
Antes muerta que sencilla, verdad de Dios.

Pero no se confundan.
Es seria cuando el trabajo lo exige —formal, precisa, directa—, y en el tú a tú es parlanchina, aguda y deliciosamente mexicana en el uso del lenguaje.

Me consta.

Habla varios idiomas y el suyo propio.

Con ella se puede hablar del clima, del tipo de cambio y del último encabronamiento con la misma fluidez, soltando una que otra “maldición” estratégica que no ofende, sino que humaniza. Y ameniza.

Se los juro por López Celis, el Cacho Bojórquez y tantos más de sus amigos.

Crucero

Ser mujer en este sector, hace cuarenta años, no venía con alfombra roja. No había redes de apoyo ni discursos de ocasión. Había incertidumbre y la obligación —sí o sí— de demostrar el doble en un entorno dominado por hombres.

Martha no pidió permiso. Llegó, abrió paso y se quedó.

Y quedarse tantos años, en México y en esta industria, es aprobar un examen de valentía con mención honorífica.

En el camino hubo reconocimientos y premios, claro, pero también fraudes, decepciones, traiciones y puñaladas traperas que habrían hecho renunciar a cualquiera con menos estómago.

Martha eligió otra cosa: seguir, pero con principios. Que no es lo mismo que continuar a secas.

Cuando alguien la dañaba o decepcionada, ella simplemente sonreía y decía: “Si te perdono, ¿pa’ qué? Si te maldigo, ¿qué gano?” Y luego seguía adelante, sin resentimiento, con la mirada puesta en sus pasajeros y en su equipo.

Su agencia no solo ha movido un titipuchal de pasajeros; ha formado personas. Practicantes que llegaron sin saber qué era un GDS —un Sistema de Distribución Global que conecta aerolíneas, hoteles y proveedores en tiempo real— y que Martha explicaria con su estilo propio: “Es como un PaqueTúViajes, cómodamente, a donde te dé la gana… claro, con algunas restricciones y de momento solo en el planeta Tierra.”

Gracias a esa enseñanza, esos aprendices salieron convertidos en profesionales hechos y derecho.Gente que aprendió que este oficio no es glamour constante, sino servicio, paciencia y mucha chamba
Descenso y aproximación final

Detrás de esta longevidad improbable está una mujer que empezó cuando ofrecer y facturar viajes implicaba papel, llamadas interminables y la sana tradición de creerle a la gente. Antes de los “expertos” con WiFi, un bonito logo y cero idea de lo que es resolver un desastre a las tres de la mañana.

Martha busca soluciones, no pretextos. Se pone la capa cuando hace falta y no descansa hasta poner a sus pasajeros en su destino final, sea en avión, helicóptero, globo aerostático o —si se pudiera— en la boca de un pelícano.

Esto puede ser una historia a medias, un poco de realismo mágico o un recuerdo llevado a la fantasía por un amigo que guardó estas líneas esperando el momento justo.

Ese momento llegó cuando Turismo Palo Verde cumplió cuarenta años.
Martha Arteaga se llama. Mujer inteligente y luchona, de esas que empiezan explicando viajes y terminan explicando la vida.

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