GRUPO YNDIO(...o dime adiós)
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Hay voces que uno nunca decide memorizar por más que se consiga, de pronto, sin darnos cuenta.
Porque simplemente aparecen se van quedando pegadas a la cocina, a los domingos, al patio lleno de hojarasca, a las carreteras nocturnas, a los taxis, a las cantinas, a las fiestas familiares donde siempre había un tío o un amigo sentimentalmente destruido solicitando otra cerveza y otra canción como si ambas cosas pudieran arreglar ese quebranto prenupcial con quien ya se veía en el altar o con esa que un día de asueto se fue , sin que pudieran de nuevo verse.
La voz de Hilde Lara era una de esas.
Por eso su muerte no parece solamente la muerte de un cantante. Se parece más al instante en que una generación descubre que también pueden morirse las canciones donde había escondido parte de su juventud o quien y hasta de la infancia.
Porque Grupo Yndio nunca fue únicamente música. Fue parte del paisaje sentimental del norte de México.
Nacido en 1972, a partir de una propuesta impulsada por Polydor Records, el grupo terminaría convirtiéndose en una de esas raras instituciones populares que sobreviven a todo: modas, pantalones acampanados, cambios tecnológicos, cabello largo hasta la nuca, decadencias radiales, rupturas amorosas, divorcios inevitables y hasta al algoritmo moderno que actúa como si la historia musical hubiera comenzado hace quince minutos.
Y cuando Hilde Lara ingresó en 1974, algo terminó de acomodarse para siempre.
Hay grupos que producen éxitos. Y hay otros que producen recuerdos. Grupo Yndio pertenecía a esa segunda categoría: mucho más peligrosa y duradera.
Además, para quienes no crecimos en Hermosillo, de pronto hubo una existía una cercanía distinta. No eran figuras abstractas salidas de la televisión de la capital ni artistas fabricados para aparecer un verano y desaparecer al siguiente.
Eran de aquí. Eso cambiaba todo.
Había algo extraño y hasta orgulloso en saber que aquellas canciones que sonaban en grabadoras sobre puestas en las mesas de mantel floreado o radios encajados en el cerco, bailes y calles donde uno hacía mandados de niño, iba a la escuela o soportaba los veranos capaces de derretir hasta la voluntad humana, resultan que tenían origen en la misma ciudad en la cual uno llegó una día a sembrar futuro tal como ellos lo harían desde aquel año que una idea les dio nacencia.
Y en mi caso esa cercanía todavía se volvió más real por razones familiares allá en Villa de Seris.
Entonces Grupo Yndio dejó de ser solamente una música escuchada a la distancia. Se volvió parte de ese reducido universo donde la memoria familiar, la ciudad y las canciones terminan mezclándose hasta que uno ya no sabe exactamente qué recuerda primero: si una voz, una carne asada , el saludo con el ídolo o una etapa adulta de la vida.
Y es que en miles de casas del norte aquellas canciones no eran entretenimiento. Eran ambiente. Sonaban mientras alguien trapeaba, cocinaba, manejaba o intentaba recuperarse sentimentalmente de una catástrofe amorosa ocurrida meses antes, pero administrada todavía con disciplina casi religiosa.
Antes de Spotify, antes de los estados de WhatsApp y antes de que la gente sustituyera sentimientos por emojis, existía algo mucho más serio: dedicar canciones o entornarlas derecha la flecha para ganarse el corazón de la pretensa .
Y ahí Grupo Yndio, maas otros de este corte, operaban casi como institución pública del cortejo nacional.
Hubo generaciones enteras de hombres emocionalmente analfabetas- o sin inteligencia emocional como ahora dicen , que jamás pudieron decir “te amo” mirando de frente, pero que sí eran perfectamente capaces de subirle volumen a una balada de Yndio mientras conducían un Datsun oxidado creyéndose protagonistas absolutos de una tragedia romántica.
Adan y Eva en el paraíso de asfalto, buscando el refugio mas íntimo para poner la mano propia en el cuerpo ajeno y llevar a escena el génesis como dios le diera a entender a sus pudores.
Aquellas canciones funcionaban como traductores sentimentales para gente criada en una cultura(popular) donde el afecto masculino debía expresarse preferentemente mediante alcohol, silencios prolongados o canciones reproducidas a volumen irresponsable.
Y sin embargo funcionaba.
O al menos funcionaba lo suficiente para producir matrimonios, noviazgos, reconciliaciones y una considerable cantidad de hijos que crecieron escuchando aquellas voces desde el asiento trasero del automóvil. En muchas familias, la educación sentimental llegó primero por la radio que por la escuela.
Y la radio del norte, durante décadas, estuvo llena de grupos así.
Baladas románticas nacidas entre finales de los sesenta y los setenta; grupos que hoy la historia cultural “seria”, repelentes de dientes para afuera a lo pagano, rara vez menciona, quizá porque el prestigio intelectual suele desconfiar profundamente de todo aquello que realmente conmueve a la gente común, por mas que al llegar a casa, a su intelecto lo dejen en la sala, antes de irse a la cama llevándose colgados unos audífonos , para escuchar quedido “ No te dejaré de amar/ cómo me duele terminar/ no te quiero ver llorar /Dame un beso y dime adiós , hasta que le cierre los ojitos como canción de cuna .
Pero mientras críticos musicales perseguían vanguardias europeas, acá había miles de personas enamorándose en salones sociales, patios, ferias, bodas y bailes populares bajo canciones que prometían amor eterno con covers mas éxitos que la rola original y con una solemnidad que hoy resultaría hasta temeraria.
Yndio pertenecía a esa época en que el amor todavía podía cantarse sin cinismo o al menos sin tanto como el de quienes su horrenda voz es considerada hecho notorio y todavía el intérprete exige pruebas.
Por eso también sobrevivieron.
Porque a diferencia de muchas celebridades instantáneas, ellos nunca dependieron del escándalo ni de tendencias juveniles.
Dependían de algo mucho más estable: la nostalgia. Ese combustible emocional , ese recuerdo de lo amoroso, que envejece mejor que casi cualquier tecnología.
Mientras el mundo digital iba triturando canciones a velocidad industrial, Grupo Yndio seguía apareciendo en bailes del recuerdo, palenques, fiestas municipales y escenarios de la Unión Americana donde miles de migrantes acudían no solamente a escuchar música, sino a comprobar que una parte de sí mismos seguía viva.
Y ahí había algo más profundo que simple entretenimiento.
Porque aquellos grupos románticos terminaron haciendo algo parecido a extender soberanía emocional mexicana del otro lado de la frontera.
Mientras los gobiernos discutían diplomacia y tratados, la música ya había ocupado territorio afectivo en Arizona, California, Nevada o Texas, decretando al menos por unas horas más otras de espantosa cruda, la nulidad del Tratado de Guadalupe Hidalgo.
Bastaban los primeros acordes para que reaparecieran Sonora, las calles polvorientas, las fiestas familiares, los noviazgos adolescentes, las camisas abiertas hasta donde la dignidad permitiera y aquellas épocas en que enamorar requería menos aplicaciones y más paciencia.
Aunque también bastante resistencia al ridículo.
Porque conviene decirlo: buena parte del romanticismo setentero descansaba en hombres convencidos de que mirar fijamente mientras sonaba una balada equivalía automáticamente a seducción avanzada.
Y aun así, de algún modo, aquellas canciones lograban producir magia.
Tal vez porque toda generación necesita su propia banda sonora para fracasar sentimentalmente.
La de muchos fue Grupo Yndio.
Por eso la muerte de Ilde Lara no golpea únicamente a los fanáticos.Golpea a una memoria colectiva. A cierta manera de enamorarse.A cierta manera de bailar pegado. A cierta manera de sufrir en silencio mientras la radio hacía el trabajo emocional que las personas no sabían hacer por sí mismas.
Hay artistas cuya muerte llena titulares.
Y hay otros cuya muerte apaga habitaciones enteras de la memoria.
Tal vez por eso, cuando una voz así desaparece o más bien se vuelve invisible como sucederá con Inde, uno entiende que los bailes del recuerdo nunca fueron realmente sobre recordar canciones.
Eran sobre recordar quiénes fuimos cuando todavía creíamos lo que esas canciones prometían.
Por eso , creo , que hasta el futuro es recuerdo.
… desde mucho antes, de decir adiós.


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