La legión de idiotas y la responsabilidad compartida
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Por allá en el 2012, cuando un payaso llamado “Platanito” hizo un chiste sobre los niños y niñas muertas en el incendio de la Guardería ABC, el público, que pagó un boleto para asistir a su show, le aplaudió generosamente. El chiste versaba sobre el enojo de Michael Jackson al enterarse de que esos niños habían muerto.
Motivado por las risas y los aplausos del público, el payaso siguió: “No se burlen, pobres chavitos al pastor, no se burlen, aparte ahora ya no hay guardería, abrieron un changarrito que se llama Kentucky Fried Children”.
Brutal.
“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”, dijo el escritor y filósofo Umberto Eco tres años después, no a propósito de la presunta gracejada de “Platanito”, sino de un fenómeno que detonaron las redes en los últimos años y que involucra a personajes que van por la vida soltando cualquier cantidad de estupideces, ganando con ello fama y fortuna.
No generalizo, pero es claro que algunos de estos individuos hoy pomposamente conocidos como ‘influencers’ o ‘creadores de contenido’ encontraron en el desparpajo del mundo digital una ventana de oportunidad para monetizar a costa de la dignidad humana. Hallaron una forma de ganarse la vida -algunos holgadamente- que no habrían conseguido si de ello dependiera su formación académica, su experiencia profesional o algunas habilidades en el mundo laboral formal.
Me arriesgo a decir que si no fuera por el smartphone y la osadía de lanzarse al mundo de la comunicación sin el mínimo bagaje conceptual, la nula formación profesional o el conocimiento así sea precario de los límites del respeto a la otredad, quizás estuvieran formando filas en la estadística del desempleo o la tablita de salvación de algún programa social.
En Hermosillo hay un tipo llamado Samuel Obeso, de cuya existencia no tenía ni la más remota idea, pero por lo que he sabido inopinadamente, se gana la vida ‘creando contenido’ por lo menos en la red social Instagram. El muchacho hizo un sketch en el que arroja cacahuates a unas personas en el parque infantil, tratando de imitar a una persona que vive con alguna condición del espectro autista.
Fue algo grotesco incluso para las personas que desconocemos la cotidianidad de las familias donde hay uno o más integrantes con esa condición, pero fue brutalmente ofensivo para quienes sí lo saben.
Me pongo de pie frente a las personas que, tocadas en las fibras más sensibles de su vida familiar presentaron recursos legales para sancionar a ese sujeto, cuyo caso ya está siendo investigado por la Fiscalía estatal. Esto no tiene nada que ver con censura o ataques a la libertad de expresión, sino con la necesaria acotación de conductas que laceran la dignidad humana. Con frivolidades y ligerezas aparentemente inocentes, o con esa compulsión por el ‘click bait’, ese recurso irresponsable para difamar, denigrar, ridiculizar o exponer a personas, especialmente aquellas en condición vulnerable, con tal de ganar ‘likes’ y si se puede, ganar también algunos pesos.
Pero este tipo de ‘creadores de contenido’ son a la vez causa y efecto. Existen porque hay quienes los validan, los festejan y los aplauden. Sin esa validación, insisto, probablemente seguirían chapoteando en el maloliente charco del anonimato y el vacío social.
Pero no. Son ‘influencers’, ‘creadores de contenido’, casi casi líderes de opinión que en el caso que nos ocupa, lo es gracias a sus más de 45 mil seguidores en Instagram y probablemente en otras redes sociales.
En resumen, esta legión de idiotas -Umberto Eco dixit- existe gracias a que hay una buena cantidad de gente que celebra sus contenidos con el mismo entusiasmo con el que el público aplaudió a “Platanito” -y pagó por verlo- cuando habló de niños rostizados en un Kentucky Fried Children, aludiendo a la Guardería ABC.
Y conste que esto no es una moralina. El sacrosanto libre albedrío permite a cada quien acceder voluntariamente a los contenidos que les dé su regalada gana y disfrutarlos a contentillo.
Pero me queda claro que este muchacho no existiera como figura pública -que ya lo es- si no hubiera otra legión de idiotas validando sus ‘contenidos’.
O sea, se trata de una responsabilidad compartida.
II
Pasando a otros asuntos, todo parece indicar que alguien salió de compras y encontró suficientes ofertas.
Siete alcaldes emanados del Partido Sonorense se pasaron a Morena, y dos alcaldes del PAN, Francisco Monge (a) Pancho Platas, y Héctor Rodríguez Galindo (Moctezuma y Ures, respectivamente) renunciaron a su partido y, aunque no han anunciado su incorporación a Morena, es altamente probable que en la próxima coyuntura electoral los veamos operando para la causa morenista. Ingenuos no son.
Desde el PS han tratado de minimizar el golpe mediático argumentando que ese partido obtuvo más de 89 mil votos en la pasada elección, y los alcaldes que renunciaron “valen” (es el término que usó el colega y amigo Felipe Medina para dimensionar la diáspora) solo 6 mil.
Creo, con el debido respeto al colega y también al buen amigo Alí Camacho, dirigente estatal del PS, que el debate no estriba en lo cuantitativo, pero si así fuera, la aritmética no arroja un resultado optimista por la simple y sencilla razón de que en política electoral, siempre será mejor una suma que una resta, sobre todo en el corto plazo.
Por cierto, me encontré al diputado Raúl González de la Vega en el evento de reconocimiento a las personas defensoras públicas que se llevó a cabo ayer al mediodía, a donde acudió en representación de la legislatura local.
González de la Vega, como el sonorense lector, la ecologista lectora saben, llegó al Congreso como diputado plurinominal gracias a esos 89 mil votos del PS, pero hoy forma parte de la bancada del PVEM, después de los desencuentros con Alí Camacho.
Por supuesto que le pregunté sobre estos últimos acontecimientos. González de la Vega solo esbozó una sonrisa, se alisó las solapas de saco, encogió los hombros y me dijo: “Lo que no sabes, es que de los 15 regidores que ganamos en municipios de Sonora como Partido Sonorense, 11 están conmigo en la tarea de fortalecer al Partido Verde en la alianza con Morena”.
Pues qué caray…
En la dirigencia estatal del PAN hay un silencio sepulcral sobre las renuncias de los alcaldes de Moctezuma y Ures. Pancho Platas dijo que se fue porque en el blanquiazul hay muchos impresentables, lo cual tiene una lógica irrebatible, pues indica que la competencia está muy fuerte y ahí ya no caben tantos.
El alcalde de Ures, Héctor Gastón Rodríguez Galindo no expuso razones para su renuncia, al menos en el oficio que envió al IEE, pero en este caso hay una versión que conviene explorar en posteriores entregas y tiene que ver con la ‘doblada’ que le pegaron desde el gobierno del estado cuando se opuso a la construcción de la presa Puerta del Sol, y luego apoyó con todo el proyecto, que por cierto fue cancelado desde la mismísima presidencia de la República.
III
Y ya mejor aquí la dejamos, porque la grilla se está poniendo muy densa y este viernes hay que cumplir compromisos laborales en la Red 93.3 cuya señal se transmite urbi et orbi desde el bello puerto de Guaymas, y ya que andaremos por esos lares, pues vamos a aprovechar para llegarle al Vino Fest, ese evento que ya es referencia internacional como velada de culto a Dionisio, Baco y Afrodita, por lo menos.
Si no han comprado boletos, lamento decirles que por lo menos este año, perdieron la oportunidad de ver caer el sol en la inmensidad del mar, disfrutar todas las amenidades de la tarde y cerrar la noche con el concierto de Emmanuel.
Envidiosos, absténganse.
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